¿Por qué seguiremos usando la mascarilla durante y después de la campaña de vacunación?

Desde casi el inicio de la pandemia, el uso de mascarillas es obligatorio en casi todos los ámbitos de la vida. Del mismo modo que tratamos de no dejarnos el monedero o las llaves en casa, ya tampoco nos olvidamos (aunque no siempre) de la mascarilla. Y nuestra relación con ellas no ha sido fácil: su uso correcto requiere el seguimiento constante de diversas medidas que no siempre es cómodo cumplir y, además, no es fácil acostumbrarse a la distancia física humana que implica ponérselas.

Lo que parece claro es que el uso de los distintos tipos de mascarillas, ya sean sanitarias, quirúrgicas, higiénicas e incluso improvisadas con telas domésticas, ha desempeñado un papel fundamental en la reducción de la transmisión del virus, así como en la gravedad de la COVID-19.

Por ello, se entiende que las mascarillas han llegado para quedarse. El Ministerio de Sanidad confirmaba recientemente que serán obligatorias hasta finales de 2021. Pero después de la llegada de las vacunas, ¿qué pasará con ellas? ¿se relajará su uso? ¿es conveniente que así sea?

El objetivo de este artículo es enumerar algunas razones por las que el uso continuado de las mascarillas tras la vacunación podría ser adecuado y seguro para todos. Y es que el final de la pandemia no llegará con la vacuna ni esta será un simple interruptor para volver a la normalidad. Más bien, la vacuna será una forma más de luchar contra el virus, no la única.

1. Las mascarillas por sí mismas podrían ayudar a erradicar la pandemia

En un estudio reciente publicado en Physics of Fluids y llevado a cabo por un equipo de investigadores de la Universidad Nacional de Singapur se ha concluido que el uso de mascarillas eficientes podría conducir a la erradicación de la pandemia si al menos el 70 % de la población las usara en público de forma constante. Los científicos han llegado a esta conclusión tras revisar las investigaciones publicadas hasta la fecha sobre cómo las mascarillas filtran o bloquean el coronavirus. Además, añaden que incluso las mascarilla de tela menos eficientes podrían retrasar la propagación si se usan de manera constante.

No te olvides de usar correctamente la mascarilla. Te estarás ayudando a ti mismo y a los demás.

2. Las complejidades de la inmunidad de rebaño

La función de las vacunas es entrenar a nuestro sistema inmunitario a combatir las enfermedades mediante la creación de anticuerpos tal como sucedería cuando nos exponemos a una enfermedad (por eso las vacunas están formadas por virus muertos o atenuados). Así, las personas vacunadas no contraen la enfermedad y rompen la cadena de transmisión y contagio.

En el caso que nos ocupa, para vencer a la pandemia no basta con vacunar a unos cuantos, sino que es necesario vacunar a tantas personas como sea posible para lograr lo que se denomina “inmunidad colectiva” o “de rebaño”. Este concepto se define como aquel umbral de vacunación necesario para proteger a una sociedad entera de contraerse de un virus determinado.

Pues bien, según el Ministerio de Sanidad, al igual que afirman numerosos expertos, no es posible confiar en la inmunidad de rebaño para controlar la pandemia del coronavirus Covid-19. Según varias fuentes, sería necesario que el 66 % de la población tuviera anticuerpos del virus, algo que en estos momentos es impensable. Estas mismas fuentes añaden, además, que la inmunidad de rebaño es una mentira muy peligrosa.

En este sentido, los expertos hacen hincapié en el desconocimiento sobre cuánto tiempo se mantiene la inmunidad contra el virus una vez superada la enfermedad (ni las secuelas a largo plazo), de modo que apostar por la inmunidad de rebaño como estrategia para erradicar el coronavirus podría incluso dar lugar a nuevas oleadas de la pandemia durante varios años.

A todo esto, hay que sumarle que las primeras vacunas contra el coronavirus requieren dos inyecciones; la segunda dosis de Pfizer viene 3 semanas después de la primera. Y el efecto de las vacunas generalmente no es inmediato. Por lo tanto, la inmunidad no se alcanzará en 4 días.

3. La vacuna no garantiza el no contagio

En la mayoría de las infecciones respiratorias, incluyendo el coronavirus, la nariz es el principal puerto de entrada. Allí, el virus se multiplica rápidamente, impulsando al sistema inmunitario a producir anticuerpos que son específicos de la mucosa, el tejido húmedo que recubre la nariz, la boca, los pulmones y el estómago. Si la misma persona se expone al virus por segunda vez, estos anticuerpos, así como las células inmunitarias que recuerdan al virus, lo apagan rápidamente en la nariz antes de que pueda desplazarse a otra parte del cuerpo.

Las vacunas contra el coronavirus se inyectan en lo profundo de los músculos y allí generan los anticuerpos. Esto, de entrada, es muy bueno. Se sabe que algunos de los anticuerpos se alojarán en las mucosas nasales, pero se desconoce la cantidad de la reserva de anticuerpos que puede ser movilizada allí o con qué rapidez. Por lo tanto, si la respuesta de los anticuerpos en la nariz no es suficiente, el virus podría alojarse en esa zona e infectar nuevamente al exhalarse o estornudar. En este sentido, por lo tanto, se recomienda seguir usando la mascarilla porque no existe el riesgo cero de no contagiar aun habiendo sido vacunado.

Es por este motivo que algunos expertos ya están diciendo que la próxima generación de vacunas contra el coronavirus deberían provocar inmunidad directamente en la nariz y el resto de las vías respiratorias, donde más se necesita. También podría administrarse una inyección intramuscular seguida de un refuerzo en la mucosa, que produjera anticuerpos protectores en la nariz y la garganta.

4. Aún falta más investigación

Las pruebas de Pfizer y Moderna para alcanzar la vacuna solo han registrado cuántas personas vacunadas se enfermaron de COVID-19. Esto deja abierta la posibilidad de que algunas personas vacunadas se infecten sin desarrollar síntomas y puedan, entonces, transmitir silenciosamente el virus, especialmente si entran en contacto cercano con otros o dejan de usar mascarillas. En otras palabras, que no se sabe si las vacunas protegen a la gente de la infección o sólo de los síntomas.

Así, los ensayos clínicos para las vacunas no fueron diseñados para determinar si las personas vacunadas podrían propagar el coronavirus sin desarrollar síntomas. De hecho, esto sigue siendo una posibilidad.

Está previsto que a medida que el estudio sobre vacunas se vaya extendiendo estas cuestiones se estudien con mayor profundidad. Mientras tanto, incluso las personas vacunadas tendrán que pensar en sí mismas como posibles propagadores y, por lo tanto, mantener todas las medidas de seguridad establecidas hasta ahora, incluida la mascarilla.